Aún hoy estos recuerdos se ven nublados en mi cerebro… Dicen que fue por el shock post traumático, dicen que es porque estaba deprimida, que al estar en esta condición la mente se auto protege y tiende a olvidar. Sí, seguramente eso fue lo que me paso…

Yo solo sé que durante un tiempo en realidad no fui consciente de mi vida como tal, ni siquiera tengo como reales las horas y los días, que pasaban uno tras otro sin siquiera sentirlos, pero una cosa tengo clara, no todos los que deberían estar, estuvieron…

Ohh… Dios me siento tan sola… Esa era mi frase, la que repetía sin parar, en mi mente, aunque mi respuesta automática fuera “estoy bien”.

Una de las cosas más tristes que te pueden pasar en la vida es cuando crees y confías ciegamente, en que ciertas personas siempre estarán a tu lado, que serán las primeras en llegar si algo malo te pasa… Y cuando al final eso no sucede te quedas poco menos que perplejo, por no decir triste, decepcionado, devastado y un largo etcétera.

Nunca tendré palabras suficientes de agradecimiento para mi hijo David que dejo su vida y su trabajo por venir a cuidarnos a mí hija y a mí, 24 horas al día, así como a mi gran amiga, mi hermana del alma, Mónica y a todos aquellos que vinieron a verme, que se hicieron sentir por correo electrónico o mensajería instantánea, pero, también tengo que admitir que esperaba que gente para la que yo creía que era importante, estuviera presente y no fue así.

Es difícil asumir que “en las circunstancias más adversas es cuando en realidad se conoce a los amigos (y desde luego a las personas con las que realmente cuentas)”. Nunca creí que esa frase fuera tan cierta, precisamente porque uno de mis valores fundamentales en vida es la lealtad, jamás dejare tirado a nadie, sea quien sea, familiar, amigo, conocido, los que me conocen saben que esto es cierto y que siempre se puede contar conmigo, sin embargo, yo no sentí lo mismo. Me defraudaron quienes no vinieron y también es verdad que los juzgué y condené hasta el extremo… Y mediante la ayuda que recibí, comprendí una gran lección y es la que te traigo hoy, que “cada persona hace lo mejor que sabe y puede, de acuerdo a sus circunstancias, en cada momento”

De esta enfermedad “pasajera” aprendí que hay 2 clases de soledad, la que puedes sentir porque no han estado a tu lado y la peor, la soledad del alma.

Hoy sé que si esas personas, de mi familia, amigos, compañeros de trabajo, no estuvieron presentes fue porque quizás no pudieron con la pesada carga de ver a alguien querido caer “en combate”. No todos tenemos la fuerza y el coraje necesarios, para ver a quien queremos mal, sobre todo sabiendo que no se puede hacer nada más que acompañarle, pero yo te digo hoy que, si algún día te llega a pasar, por favor no dejes de ir a ver a esa persona que está mal -por la razón que sea- porque nunca lo olvidará, y tú, tampoco.

Entonces: ¿qué paso con aquellos que no estuvieron?

Pues muy fácil, no pasó nada… Cada persona carga y debe cargar con sus propias culpas, hoy dejo que cada uno cargue con las suyas, y yo me he liberado de las mías, perdonando, si es que algo hay que perdonar, porque el vacío no es algo que se pueda perdonar, simplemente se deja pasar y algún día se olvida.

Yo sentí un vacío de esas personas en ese momento, ahora sigo hablando con ellas y aunque no tenga la misma relación, ya no siento ninguna tristeza porque no estuvieron, más bien siento algo de pena, quizás porque ellas mismas se negaron uno de los mayores privilegios que tenemos los seres humanos, uno de los más maravillosos que he experimentado yo, que es dar desinteresadamente, en este caso, dar compañía, apoyo y amor.

Para dejar ir y olvidar es importante ponerte en la piel de la otra persona y en vez de juzgar, comprender que algunos, en situaciones difíciles no pueden estar presentes, talvez porque tienen miedo, porque no son suficientemente fuertes o simplemente porque tú no eres tan importante como creías.

En cualquier caso, prevalece el pensamiento de que todos hacemos lo que podemos en cada situación que se nos presenta. Piensa por un momento en ti mismo, tú siempre decides y haces lo que consideras mejor, aunque sepas que no estás actuando como deberías o como se espera; por tanto, no se puede juzgar a nadie por ello, solo tener esperanza de que un día esa persona sí esté a tu lado y la otra solución es simplemente, sacarlo de tu vida…

Cuando comprendes el interesante concepto de que cada uno hace lo que puede, te das cuenta de que en realidad no tienes nada que perdonar, porque el vacío de una persona no es en realidad una falta en sí misma, sino la consecuencia de la “no acción” por parte de esa persona.

Por eso yo no he tenido que perdonar, aunque es cierto que para poder superar el dolor y hasta la perdida tuve que entender este concepto, que es una verdad que debería acompañarte por el resto de tu vida, y que, si lo piensas bien, podrá quitarte muchos resentimientos hacia personas que no han estado a la altura de lo que esperabas o correspondía y que han decidido actuar de una manera que, a ti, por tu forma de ser no te parece la adecuada.

La segunda soledad, “la soledad del alma”, es más complicada, esa sí que me costó sacarla de mi corazón y sobretodo de mi cabeza, porque cuando tienes un vacío de ti mismo la soledad te come vivo…

Con el paso del tiempo fui encajando mi nuevo presente, mucho más incierto -y te adelanto que también mucho más vibrante y feliz- y con este presente vinieron los cambios en mí (de los que hablaremos… Sin duda) cambios que fueron necesarios y vitales para poder seguir adelante.

Además, la vida sigue y con ella la felicidad de encontrar gente que, está en los momentos en los que más la necesitas, se hará sentir de cualquier modo, porque el que quiere está presente y con ellos formas tu propia familia.

Al cambiar, comencé a llenarme de mi misma, de mi reconfortante y maravillosa compañía, en ese momento “la soledad de mi alma” dejo de ser terrible y casi insufrible para convertirse en mi amiga, también…