Recuerdo que cuando era niña en vacaciones íbamos de paseo al río, las preciosas madres llevaban las ollas y la comida para preparar a fuego deliciosos platos llenos de amor, se dedicaban a cuidar de los niños, a cocinar, a hablar y a contar historias, mientras nosotros ajenos a todo ello, jugábamos y nos divertíamos con el agua.

Un día fuimos a un río que tenía una cascada y justo debajo de ella, un lago con una buena profundidad, tanto que la gente se lanzaba desde arriba (haciendo algo que siempre me ha fascinado), se tiraban de cabeza abriendo los brazos en forma de cruz… Les veía caer felices y libres.

Mientras ellos caían, gritaban y se reían, yo pensaba que su confianza tenía que ser enorme para poder hacer esos saltos tan altos y maravillosos; sin embargo, con el paso de los años fui descubriendo que no todos los hacían por confianza, muchos lo hacían por valentía, por demostrarse a sí mismos que ellos también podían y lo hacían (ahora veo tantas similitudes con la vida).

El agua era cristalina, casi azul y la cascada tenía en la parte de dentro un pequeño espacio en donde cabíamos. Mi prima, que era la más arriesgada, se fue hasta la cascada y se metió dentro, luego salió y me llamo para que entráramos, a escondidas -por supuesto- y allí estábamos en un mundo paralelo, en una pequeña gruta mágica que hacía eco, estaba bien iluminada por la luz que entraba por la cortina de agua, y recuerdo como si fuera ayer, que mientras estábamos allí en silencio disfrutando, vi caer una gota, en un hueco que estaba en la piedra.

La gota caía constante, se abría paso desde el techo, se veía fina, caía suave, lenta y ligeramente. Prácticamente flotaba, y al caer con tal constancia y perseverancia, perforaba la roca, y con una gracia y elegancia dignas de ver casi rebotaba, subía un poco y al bajar hacia pequeñas olas.

Hoy viene a mi este recuerdo de algo que sigue siendo un motivo de inspiración, seguramente tú te preguntarás ¿por qué? y la respuesta es:

Porque, así como una gota de agua, puede parecer suave y fina, tiene, en la elegancia de su caída, la fuerza para perforar una roca.

Cuando siento mi ánimo decaer porque algo no sale exactamente como me gustaría, cuando me siento triste, siempre viene a mi mente el recuerdo, esa gota mágica, que me enseñó que la perseverancia es una de las mayores virtudes que podemos cultivar, porque nos da fortaleza.

Día a día, momento a momento y paso a paso, hacemos nuestro camino, buscamos la felicidad, llegar a nuestra meta.

Y en realidad, si te fijas bien, a esa gota no le importa el tiempo, no utiliza la fuerza, solo toca y toca, una y otra vez hasta horadar la piedra, y aunque parezca que la piedra es más dura, se rinde ante ella, porque la constancia y la perseverancia siempre vencen.

Es entonces, que al recordarlo, me hago más fuerte que mis propias piedras, y es entonces… Cuando levanto mi cara, saco pecho, me paro y comienzo de nuevo a andar, con un solo pensamiento: “Si persevero, lo lograré, porque tengo la fuerza, porque tengo la fe”.

Espero que te guste esta frase que he inventado y que uso frecuentemente a modo de mantra, cuando pierdo el empuje y mi ánimo parece decaer.

Un abrazo,

Photo by: Levi XU, Unsplash.